Es descarado mirar a un extraño directamente a los ojos. En el asiento de enfrente hay una mujer de unos setenta años. La miro directo a los ojos. Usa rulos de rulero, bien logrados y arreglados de una forma que podrían llegar a pasar por rulos naturales. Hay restos de tintura que no desentonan con su color gris natural. Lleva las uñas de las manos y los pies pintadas de fuxia, igual que los labios. En algún momento se debe haber pasado una mano por la boca; tiene un dedo manchado con rouge. La cartera negra, gastada, será de cuando pudo pagársela. Las sandalias, en cambio, se ven nuevas.
Teje a crochet algo que parece una bufanda. Usa dos hilos finos al mismo tiempo, lo que resulta en un tejido un tanto grueso. Intento adivinar el punto. Toma la aguga de una forma muy diferente a como lo hago yo. Mueve la aguja como si se estuviera sirviendo comida de un plato invisible. Sigue, punto por punto comiendo (tejiendo), moviendo su utensilio tejedor en el aire, pescando el hilo, que por ser blanco, se ve bastante percudido. Acaso lo haya usado ya varias veces. ¿Para quién teje? Un hijo, un nieto, una mascota. ¿Para sí misma? Hay algo de hipnótico en mirar a alguien tejer. Hay algo de infinito en la posibilidad de repetición del tejido. El mismo movimiento, una y otra vez, sin límite. Tal vez cuando termine esta posible bufanda usará ese mismo hilo gastado, rozado, para empezar otra nueva posibilidad —ilusión— de infinito.
Comentarios
Publicar un comentario