En el pasaje Carlos Spegazzinni el cielo es celeste, planchado, sin arrugas. Las casas y sus habitantes reposan en calma. Los servicios al día, las heladeras llenas. Muebles limpios, ambientes ventilados y ordenados. Las plantas regadas, sanas, florecientes. En el pasaje se envejece en paz y sin miedo. No llega el ruido del tránsito. Hay un silencio del color de la naturaleza. De día huele a verde, de noche a rocío. Hay pájaros, perros y gatos. Nadie pelea con nadie. Pocas personas caminan por las veredas, porque pocas personas reparan en la existencia de este pasaje porque pocas personas tuercen el rumbo repetido y conocido de sus días. En el pasaje Carlos Spegazzinni la escritura fluye, celeste, posible, de los ojos a la mano.
precioso. me encantó eso de torcer el rumbo. quiero ir!!
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