Caminar la ciudad

 Antes de la pandemia había distancias en la ciudad que no se me hubiesen ocurrido recorrer a pie.  Pero la pandemia, con su halo de ciencia ficción —más que nada de ficción— alteró, además de todo, mi relación con el mapa de la ciudad. En el plano de lo corpóreo, lo irrecorrible se volvió perfectamente caminable, ¿qué lo impedía? La ciudad, de pronto, ya no era esa especie de monstruo amorfo que va mutando, ilimitado, sino más bien algo que podía domarse con tan solo caminarlo. Había algo de onírico en ese caminar durante largos kilómetros silenciosos por calles casi mudas y llegar a donde fuese, solo con visualizar la meta. 

Años después, la ciudad no deja de parecerme, por momentos, una especie de criatura que se expande, se autoreproduce. Se multiplican sus células malignas por donde se mire. De lo malo, más por todas partes. Y a pesar de eso, en medio del caos del tránsito, de los bocinazos  y las motos, veo una calle cortada por arreglos en el asfalto. Trecho que se vuelve trinchera. Trinchera muda. En la ciudad, resistir es tomar las armas del silencio. Descubro entonces ese trecho polvoriento, ajeno al paso furioso de las ruedas. Y camino por ahí. Doy pasos en una pausa de tierra en la calle Venezuela. Cruzo por ahí, terreno protegido del mundo, patrimonio de la paz. Por unos segundos se me abren las aguas de la realidad.

Comentarios

  1. Me encantó! Caminar, sentir... Cuan literarios se tornan los paseos cuando nos atrevemos a vivirlos así. Gracias Charo!!!

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  2. Buenisimo!!!!!! Caminar la ciudad es genial, da una idea completa de la geografía y te relaciona con los lugares de una manera no alienada

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